Te aseguro que ahora mismo volvería a hacerlo. Sí, lo volvería a hacer. Me dejaría llevar por esos recuerdos, joder, si es que son perfectos. No sé si el tiempo los ha mejorado o si realmente eran tan buenos, pero si no son perfectos, poco les falta. Poco le faltaba para que fuera perfecto. Volvería a intentarlo, ahora, con la seguridad que me da el alcohol que llevo en vena, lo haría. Lo he dicho hoy, aunque tú nunca llegarás a enterarte, que tú para mí eres... Iba a escribir lo más importante, pero sería pasarse. Fuiste lo más importante. Sí, eso es cierto. Ahora eres importante. Y nunca dejarás de serlo.
Tengo mil historias empezadas. Resulta increíble que piense ahora en la tuya. Pero para ti siempre habrá un hueco, siempre. Qué balada más triste.
Es increíble de lo que da cuenta uno. Que, por estas fechas, el año pasado estaba más o menos igual. Bueno, no voy a exagerar, estaba mucho peor, pero en esencia... No, si lo piensas detenidamente, no es lo mismo. Quiero decir, ahora no me afecta, en parte porque ya he vivido tantas veces el concepto "¿para qué dos pudiendo ser tres?" en el que yo me metía a la fuerza, o en el que me metían, que resultaría ridículo que me siguiera afectando. Y ahora, ahora que debería sentirme igual que antes, miro atrás y veo que no es para tanto, ni lo es ni lo fue. Si es lo mismo que se repite, una y otra vez, si ya lo he vivido y ya lo he superado, esta vez no será distinto. Esta vez lo llevo bien, y estoy a gusto en este estado. Será por eso de lo malo conocido.
Sí, resulta impensable que sea lo mismo, aunque al mismo tiempo lo sea. Pero este otro caso, al margen de cómo lo pasé en los demás, que no fueron uno ni dos, no sé, no me tiene devorada por dentro. Es la diferencia en el sentimiento. Tal vez estuviera en lo cierto, y ya no sé sentir. Si es así, resultaría un alivio. Sí, un alivio.
Dejando constancia de mi descubrimiento en el único lugar donde me permito estas pinceladas melodramáticas.
Estoy esperando. Esperando a que ocurra algo que me despierte. Llevo mucho tiempo dormida. Pero sin soñar. Y no consigo despertar. Vivo en el pasado, reviviendo una y otra vez escenas. Vivo de cara al futuro, haciendo planes y más planes. Trato mi presente como si fuera un recuerdo. Colecciono recuerdos, historias que poder contar. Creo saber que antes era feliz. Quiero creer que seré feliz más adelante. Y eso me impide serlo ahora.
¿Dónde está? Lo recuerdo, pero ahora no lo encuentro. Ni siquiera lo busco. Estuvo, pero ya no. ¿O sigue estando, sólo que no lo veo? ¿Será mejor así, vivir ignorando incluso esto? ¿Cómo estoy en este momento? Bien, ¿no? ¿Todo está bien? Tranquila, sí, vale, pero ¿bien? No lo sé. No quiero saberlo. Que sea lo que tenga que ser. Por ahora, no hay nada que pueda hacerme salir de este soporífero estado de simplemente estar. No quiero complicarme la vida, esta vez no. Me aterra ver más allá. Miedo, sí. Y no quiero tener miedo. Será mejor cerrar los ojos, no hacer caso del martilleo ni de los alaridos. No quiero sufrir, no quiero pensar más. No es que lo razone. Sencillamente paso.
Me siento in love con una pequeña tortura física. Cómo morir lenta y dolorosamente con la seguridad de que todo el mundo debería hacer esta locura una vez en la vida. Recomiendo subir hasta lo más alto, y encontrar ese pedazo de infancia que sin haber estado me olvidé allí transformado en una sólida y adornada realidad. Recomiendo dejarse cegar por las luces parpadeantes de lo que por casualidad se convirtió en un monumento reconocido a nivel mundial, ese que nunca me interesó conocer, ese del que fui incapaz de apartar la mirada. Recomiendo hartarse de cultura y viajar a New York sin salir de Europa. Incluso recomiendo aprender su endiablado idioma. Yo voy a hacerlo. Ven a la ciudad de la que renegué, y avísame, porque no sabes cuánto deseo volver. Es una pena que se haya acabado tan rápido. Esta tierra corre ahora en dirección contraria a la mía. Tierra avec enchantement. Au revoir, París.
No puedo evitarlo. He intentado ignorarlo, suprimirlo, hacer como si no pasara nada, pero es que está ahí. Parece increíble que no haya muerto. Es empezar a hablar y empieza a latir con fuerza, con rabia. Y me doy cuenta de que lleva todo este tiempo sin hacerlo de verdad. ¿Culpabilidad? La noto a flor de piel. ¿Tienes derecho a hacer y a decir lo que quieras por lo que yo hice? Algo así, sabes que es mi forma de hacer las cosas. Y ahora, desde la distancia, créeme cuando digo que ya no entiendo por qué hice lo que hice. No lo entiendo, y si pudiera volver atrás juro que no lo haría. Pero de nada sirve jurar, eso lo tengo asumido. Nada volverá a ser lo que era. Es mejor no pretenderlo siquiera, y conformarme con lo que me puedes dar. Una conversación desenfadada de vez en cuando.
Todo está más que listo. No es que las maletas estén hechas, es que las maletas ya llegaron a su destino. Aquí sólo quedan cuatro trapos y poco más. En la habitación se reviven una y otra vez escenas de nueve meses, nueve meses que habitan en cada rincón, ahora desnudos. Guardaré unos cuantos recuerdos, y los miles de cambios que he pasado en tan poco tiempo, y me iré. Queda poco para quitar las llaves del manojo habitual. Queda poco para cerrar definitivamente la puerta. Queda poco, y pasa rápido, y rápidamente llegará ese día. El día en que no pueda volver a estar aquí, en el piso, en el cuarto, o en el que he llegado a considerar mi sofá. Nunca más.
Al abrir la puerta se puede distinguir perfectamente cómo huele al ambientador habitual, con un ligero toque a dos bolsas de basura en la puerta y una montaña de platos por fregar. Si sigues avanzando el olor varía, pasando a ser el del calor que dan las mantitas del sofá por la tarde, o el del cable suelto de la TDT con esas notas de "¿dónde habrá dejado esta mujer el mando?" que siempre lo amargan un poco, pero en su justa medida. Cuando consigues esquivar todas las cajas y maletas que se arremolinan en el pasillo y pasas a la última estancia, la más importante, el aroma cambia por completo. Se respira un adiós. Se respira la decisión de marcharse, la decisión de no volver, la decisión de dejarlo todo y empezar de nuevo. Pero no hace falta prestar mucha atención para notar también otro olor diferente. Tal vez provenga de la ropa tirada en el suelo, de la cama revuelta o del desorden de la mesa. Huele a cariño y comodidad. Huele a un sincero "no me quiero marchar", ese que provocaba las luchas internas que perdió hace bastante. Y puede ser que huela a miedo. Pero ese olor es otra historia.
Tic-tac. Suena el reloj. Pierdo el tiempo, como siempre. Intento no darme cuenta de su presencia. Pero resulta demasiado lento como para pasar desapercibido. Queda poco para que todo cambie. Cuando llegue el momento todo se aclarará, y podré respirar tranquila. Pero ahora me veo obligada a esperar. Al menos puedo deleitarme en esta inusual monotonía. Tic-tac. Suena el reloj. Gana el tiempo, como siempre.
Que en teoría íbamos a seguir siempre juntas, y nos separamos. Que en teoría estábamos hechos el uno para el otro, y acabamos hartos. Que en teoría llegaba para darlo todo sin importarme el precio, y ahora hago cuentas. Que en teoría estaba prohibido mirar hacia atrás, y me giré. Porque el ser humano se pasa la mitad de su vida tomando decisiones y la otra mitad arrepintiéndose de ellas. Está claro que aquí nada es fijo ni estable, ni siquiera yo.
Hace falta mirar hacia arriba para ver cómo es en verdad la ciudad. Esta nueva ciudad que te ha acogido. Sinceramente, te fascina su arquitectura en algunas zonas. Es algo que termina enamorando. Casi tanto como la gente. No la propia de la ciudad, sino la conocida gracias a ella. Gente increíble, a la que adoras hoy y a la que seguirás adorando. Y ese sabor a independencia, a libertad. Eso no te lo quitará nadie. Pero ya no puedes aguantar más una situación insostenible. Es hora de asumir la realidad. Es hora de darte cuenta de lo mucho que vas a echar de menos la ciudad.
Las horas se alargan, el tiempo salta sobre mi espalda y cargo con él todo el camino. Las 21:05. Actualizo. Suspiro. Las 21:10. Actualizo de nuevo. Suspiro de nuevo. El reloj avanza tan despacio que parece que vaya hacia atrás. Y empiezo a pensar, y todo se convierte en un torbellino de recuerdos. Cae una gotita, cae otra gotita. Las 21:15. Me recompongo. Tú no estás así por mí, eso es un hecho. Yo no voy a estar así por ti. Pongo música, empiezo a cantar, me animo. Las 21:20. Actualizo casi sin darme cuenta. Suspiro casi sin darme cuenta. Y vuelta a empezar. Ya llevo días así, pero parece que no te importa. Intentaré por última vez hacer de esto lo que un día fue. Si no pones de tu parte, no volverás a saber de mí. No quiero seguir suspirando con cada puñetero click, gracias.
Oh, vaya. Es ese olor. Lo añoraba tanto. El calor impropio del mes viene a invadir el cuarto con una sensación conocida. Es cerrar los ojos y casi parece que estoy allí. Yo sentada en la cama de matrimonio azul, y ese espejo justo enfrente de mí. Silbo con fuerza, y oigo cómo sube a todo correr por las escaleras. Oigo los gritos de una niña, y las risas de unos padres. Suena el teléfono, y me avalanzo sobre él. ¿Quién podrá ser? Jé, la señora realidad. Que baje ya de mi nube. Abro los ojos, aún rodeada de ese aroma familiar. Cuánto lo echo de menos. Y lo que me queda.
Todo vuelve a la normalidad. Se acaba esa sensación de que lo pasado fue mejor que el ahora. Y, como siempre, todo lo ocurrido en otro lugar parece tan lejano que es como si lo hubiera soñado. ¿Yo, dónde? Para nada. Mi cabeza nunca salió de aquí. Bueno, eso definitivamente tendría sentido.
"Bienvenida de nuevo al gran Bilbao, tan lleno de vida. Aunque ahora se te antoje vacío. Parece que llevas más equipaje, ¿no? ¿Qué es eso que pesa tanto?" "Nada importante. Mis motivos para terminar explotando. Creo que a partir de ahora voy a dedicarme a gritar en silencio. Creo que necesito otros tres días libres seguidos. Creo que me he dejado algo en Cantabria, sólo que no lo he olvidado."
Tras una hora de sociología altamente productiva (nótese la ironía...), traigo un textillo nuevo. Ahí va:
Con la mirada perdida y expresión ausente, excepto por tu ceño fruncido. Pensativa, no hay otro estado. ¿Dónde se ha sumergido tu mente? Ni tú misma reconoces ese lugar. ¿O tal vez sí? Está tan lejano en el tiempo... Recuerdos vacíos, sonrisas pintadas y palabras frías. En eso convirtió el tiempo tu memoria. Pero, a pesar de eso, eres capaz de percibir felicidad en alguno de esos momentos grabados a fuego en tu cabeza. ¿Cómo es posible que sean tan familiares como extraños? ¿Merece la pena recordar? No lo sabes, pero lo sigues intentando. Con la mirada perdida y expresión ausente.
Si es que cuando la inspiración viene a ti, no puedes derrocharla tomando apuntes sobre... Sobre... Eh... Bueno, sobre el tema que se tratara hoy en clase. ¡Já!
Este texto es antiquísimo, de mi época de fotolog (anda que no ha llovido desde entonces...). Lo he visto hoy mirando entradas, y he decidido rescatarlo.
Era como haber caído en un mal sueño sin final. Siempre se sumergía en sus propios pensamientos, terminando por dañarse a sí misma, aunque eso no la importe, y no mejoraba... Hasta que alguien tenía que acercarse a ella y preguntarle... Y entonces, cuando por fin soltaba lo que la atormentaba, era rescatada y podía volver a respirar... Para volver a caer, tarde o temprano, sin remedio. Bueno, el remedio era la confianza, y de eso nunca anduvo sobrada, y mucho menos si la cosa iba de confiar en sí misma. No. Ese nunca fue su fuerte. Y aunque podía respirar, volvió la mirada a lo que había pasado, otra vez. Y pensó qué pasaría si un día se acabara el mal sueño y se quedara ahí sumergida, porque la gente se cansa, se cansa de todo, y ayudar entra en ese todo, y eso ella lo sabe muy bien...
Aunque le repitan lo contrario mil veces, lo sabe.
Por eso ha decidido intentar algo nuevo.
Ha decidido que la próxima vez será ella la que luche por respirar, nadie tendrá que hacerlo por ella, nadie tendrá que ir a salvarla, a ayudarla, como si ella no supiera, o no pudiera, o ambas cosas.
Pero eso requiere confianza...
No sé qué me pasaba en esos momentos... En fines, ¡hasta otra!